sábado, 29 de agosto de 2015

CONSEJERÍA LETRADA 31


10 CONSEJOS PARA ESCRIBIR 
POR RICARDO SILVA.
Allá usted

1. Yo, de ser usted, no corregiría lo que hasta ahora estoy escribiendo, no corregiría las primeras 24, 48, 72 páginas de la novela que por fin pude empezar, porque cuando se revisa lo escrito mucho antes de ser terminado suele correrse el riesgo de llegar a la conclusión de que se está haciendo basura. ¿Y si se está haciendo basura entonces qué?: ¿empezar de nuevo? Yo, de ser usted, sólo me sentaría a leer lo que he escrito unas semanas después de haberle puesto el punto final. Si es malo, si no está a la altura ni de sus ideas ni de sus expectativas, por lo menos tendrá en las manos un relato de principio a fin que puede salvarse en la corrección, en la edición.
  
2. Yo, de ser usted, escribiría sobre lo que sé aun cuando en un principio no lo sepa.

3. Yo, de ser usted, no escribiría nada profundo, no encararía los temas trascendentales que en teoría ha tratado la literatura desde el principio de los tiempos (pues aparecerán así uno no quiera, estarán en el texto pase lo que pase), sino que acompañaría pequeñas vidas y pequeñas líneas que traten de ponerse a la altura de sus pequeños destinos. Iría frase por frase como quien lleva a alguien de una orilla a la otra, paso por paso. Me preocuparía por poner en escena lo que me imagino como un director que tiene en sus manos un guión. Me preocuparía por encontrar las palabras exactas. Me contentaría con dejar escrita la idea que se me ocurrió como si bastara con terminarla. Y punto. Evitaría lo grave porque lo grave, de los entierros a las juntas directivas, da risa nerviosa. Porque lo demasiado serio da risa. Y lo hondo está adentro de cada quien. Un texto literario –un poema, un drama, un relato- tiene la profundidad de un pentagrama, la profundidad que cada cuál quiera encontrarle: un texto literario depende del talento de su intérprete.

4. Yo no menospreciaría el humor. No apagaría mi sentido del ridículo mientras estoy escribiendo. No me tragaría un solo chiste que venga al caso. No descartaría la parodia pues, en estricto sentido, la literatura no es más ni menos que eso. Jugaría. Haría guiños. Caería, de tanto en tanto, en los clichés: así es la vida. No despreciaría el sentimentalismo, no, ni mucho menos lo confundiría con la sensiblería. Tampoco rechazaría el efectismo: no me daría vergüenza conseguir frases que agüen los ojos, que den risa, que den miedo. No menospreciaría, tampoco, ningún medio: ni cine ni canción ni televisión ni radio ni internet. No menospreciaría la gracia de un best seller. Me reiría de todo, en suma, pero no menospreciaría nada.

5. Yo no le temería a ser local. Yo, de ser usted, escribiría para los lectores de acá: no me sentiría ni por encima ni por debajo de los lectores de acá. ¿Por qué? Porque, para empezar, usted lo es: y usted es ese lector al que usted le está escribiendo.

6. Yo, de ser usted, escribiría en mi propia lengua: en mi propio castellano. Yo no estaría pensando en cómo hacer para que me entiendan más allá de mi ciudad. ¿Por qué? ¿Para qué? Yo no me censuraría la jerga de mi propio mundo como no se la censuraron los novelistas rusos del siglo 19 ni se la censuran los narradores gringos de estos tiempos. Pensaría a tiempo que si a usted no le cuesta sangre leer a los argentinos o a los españoles o a los mexicanos (usted no va a hacer mala cara cuando le presenten a “una mina”, usted entiende si le gritan “gilipollas” y sabe qué es “una torta de jamón” si se la ofrecen), probablemente a ellos les cueste aún menos leerlo a usted. 

7. Me aferraría a un buen personaje: pues un buen personaje –definición: una persona que no consigue fingir que es otra- es un ejemplo de un hecho humano que no se alcanza a comprender ni se puede articular de otra manera: una muestra gratis del misterio. Me aferraría a un personaje al que conociera lo mucho y lo poco que se puede conocer a una persona. Y como en cualquier obra dramática, pensando en un primer acto de presentación, en un segundo acto plagado de obstáculos para alcanzar un destino y en un tercer acto de resolución, lo pondría a vivir lo peor que puede pasarle en la vida, lo pondría a explorar si en verdad, como yo sospechaba en un principio, está a la altura de su vida. Eso: de ser usted, yo sabría para dónde voy antes de empezar a escribir así termine, al final, en otra parte.

8. Yo me preguntaría, en el caso de que mañana en la mañana se me ocurriera ser escritor, qué tanto me interesa el lector, qué tanto me importa que baje por la escalera de mis versos o pase página a página todas mis páginas hasta llegar al final. Yo, de ser usted, escribiría para que alguien me leyera de la primera línea a la última. Pero, como suele decirse, escribiría el texto que quiero leer. Ni más ni menos. Si llegara a la extraña conclusión “quiero que lo que escriba sea un libro”, me preguntaría por qué no puede estar en otro medio: qué hace, en tiempos de internet, que un libro sea un libro. Me entregaría después a mi editor de confianza. Y caería en cuenta entonces de que, si lo que se ha escrito es un libro, usted no es más que parte de un equipo: que falta corregirlo, editarlo, diseñarlo, imprimirlo y entregárselo al lector. Ni más ni menos.

9. Yo, de ser usted, no me comería el cuento de la escritura. Por ejemplo: yo no diría jamás “un libro es como un hijo”, yo iría preparando el alma para que mis colegas –los jóvenes, los de mi edad, los viejos- se convirtieran en mis principales influencias, iría alistándome para cambiar la envidia de que alguien publique algo por la alegría de que alguien escriba lo que usted no puede escribir. Huiría a toda costa de la solemnidad. Me relativizaría. No perdería de vista que la fama borrosa y tranquila que trae la publicación, aun cuando tenga resonancia en la prensa, se parece a la fama de un plomero con unos cuantos clientes. Me daría risa mi pequeña fama, sí: una fama en la que aplican tantas condiciones y restricciones. Le haría caso a Paul Simon: So you want to be a writer? / But you don’t know how or when? / Find a quiet place / Use a humble pen: me sentaría en el ojo del huracán. No olvidaría que escribir ficciones es otro gesto infantil, otra manera de articular la experiencia en el mundo, y nada más. No olvidaría que el oficio del escritor es uno entre los mil y un oficios del mundo: otra clase de carpintería. No le recibiría todos los consejos a mi ego. En fin. Yo, de ser usted, no me comería el cuento: punto. Simplemente, trabajaría.


10. Pero eso soy yo. Allá usted. Eso soy yo, que he escrito “yo” veintidós veces en este texto porque escribo para vivir en paz conmigo mismo, para deshacerme una por una de mis formas de ser; porque escribo –y esta es sólo una de las mil razones para hacerlo- simplemente porque se me ocurren las ideas y no descanso en paz hasta que no las dejo hechas. Repetía mi amigo Germán: “cada cuál hace sus cosas”. Y así es. La gracia de escribir es que cada quién halle sus reglas, que cada quién haga, en últimas, lo que le dé la gana. ¿Porque qué importa? ¿Porque cuál es la Fifa o el Vaticano que aplasta esta vocación? ¿Porque quién nos va a castigar por hacerlo así o de otra manera? ¿Porque qué tan grave es escribir un libro que tenga pocos lectores, qué tan grave es que un lector perdido en sí mismo que sepa pronunciarlo nos diga “usted no es Coetzee”? Porque todos los libros, desde esos preciosos textos en los que nada más seguimos a una voz hasta esas tramas macabras que no nos dejan irnos a dormir hasta que no las terminamos, desde esos juegos experimentales que nos exasperan pero nos fascinan hasta esos relatos contenidos que nos cargan de poesía, desde los más comprometidos con la fantasía hasta los más comprometidos con la realidad, están en todo su derecho.

CONSEJERÍA LETRADA 30



POR ROBERTO BURGOS CANTOR

El primer diario de la peste, en Egipto, relata 10 plagas. Los primeros 10 días del mes, período propicio para los sacrificios. Las tablas de la ley prescribieron 10 mandatos. Algo debe vibrar entre la atracción por la unidad y el misterio del cero para que este número determine suficiencias y múltiples decálogos.
¿Serán posibles 10 consejos para quien padece entre la espalda y el pecho el misterio incierto de un deseo?

Probemos:

1. Escribe de lo que no sabes y tiene el poder de estremecerte con su enigma. Así conocerás la dificultad.

2. Olvídate del lector, es una vanidad de redactores. Cada texto llama, imagina su lector, le hace guiños, se merecen. Evita aquello de aprieto al lector por el cuello. Es imposible: no lo conoces y quien escribe no se prepara para manejar la horca.

3. Descree de la realidad: es una apariencia, una engañifa, un juego de espejos nublados. Aférrate al sueño y sobrevive a la incertidumbre. Así surgirá tu voz. A menos que te interesen los coros, pero entonces no es necesario que escribas.

4. Escritor es quien escribe, no quien se pone en esa fila inoficiosa de quienes esperan el milagro de una circunstancia a la medida de un vacío.
Una tarde de lloviznas el padre Enrique Gaitán S. J, nos convidó a Fernando Garavito y a mí para hablar de creación con sus maestros y alumnos, en el socavón de una capilla. Por imprecisión o por debilidad dije algo que Fernando interpretó como una queja. Con risa y sorna, replicó: Roberto quiere un mecenas o un consulado. Esa noche, avergonzado, no pude dormir buscando las palabras de un cuento.
Lo que se escribe solo existe en la escritura, es su forma única de existencia y expresión.

5. Debes leer siempre: es una condena. En esas lecturas conocerás a tus amigos. Con ellos dialogarás en las soledades de la escritura. Te exigirán y te darán aliento. Ya verás que la mayoría de esos cómplices están muertos. El amor con los muertos no se negocia, puro sentimiento radical. Imprecación y llamado.

6. Hay un amigo que te dirá. Los amigos dicen una sola vez para no convertirse en voceros de la cantaleta. Te dirá: la precisión es la poesía de la prosa. Si te sirve tatúalo en tu pulso. Recuerda, como el joyero con los metales, que tu asunto es con las palabras y debes entrar a la mina de la lengua y reventarla para que saques las de tu texto.

7. Escoge, busca sin cansancio, tu poesía. Como quien reconoce su estrella. Hay quienes confunden la poesía con las rimas involuntarias, con flores podridas. La poesía despoja a la prosa de solemnidad, de sometimiento a la regla, la incita al riesgo. Es conveniente en una época en la que la narración está entregada al desgaste de las palabras, al abuso de la repetición, monedas falsas circulando sin pudor ni sanción para que nos entendamos menos.

8. Si no crees en la inspiración, actúa con la prudencia medida de la escritora norteamericana, del Sur. Espérala, y siempre pon de tu parte: sudar la letra. Es un revuelto de gracia y esfuerzo que recompensa a los constantes, voluntariosos, creyentes. La disciplina gratifica, como el ciclista o el boxeador, se ejercita toda la vida, hasta cuando renuncia a ella.

9. Leer sin sosiego. Leyendo y leyendo percibirás que los escritores que establecen a manera de normas, recomendaciones, reglas, sobre el oficio no son permanentes ni universales, como las admoniciones de los moralistas. Ellos mismos las transgreden. Cada obra de creación es única, es la tuya. En eso consiste su valor. En mostrar que cada ser humano tiene algo qué decir y vivir y cantar y llorar. Ese carácter de único le da sentido a la ambición del escritor.
¿Si no para qué? Nos dedicamos a los crucigramas.

10. Escribe sin designio distinto al pacto contigo. No cedas a la tentación de las proclamas. Ni a las demostraciones. La libertad del arte auxiliará tu acercamiento al abismo.
Ahora, ya verás que no requieres de 10 anti-consejos. Apenas de lápiz y papel. Tu aventura te mostrará lo que necesitas, apenas a ti. Y por una sola vez.

Al boxeador tirado en la lona le cuentan hasta 10 para su salvación o para su derrota.
CONSEJERÍA LETRADA 29



Diez trucos infalibles para no escribir
Por Josefina Licitra
(Santiago de Chile 1966)
 Uno. Hacer algo con tierra. Plantar habas, pimientos y flores. Hundir caracoles en sal. Matar insectos. Seguir hormigas como se sigue la huella de un crimen.

Dos. Nadar. Inhalar de costado, retener el aire, soltarlo en cuatro brazadas, ver las burbujas saliendo de la nariz. No pensar en palabras: solo en burbujas.

Tres. Apoyar el oído sobre el pecho de alguien. Sentir el latido. Sentir la fragilidad del cuerpo, y hundirse en un sopor de comodidad y angustia. Amar.

Cuatro. Poner música en el living. Bailar de modos indebidos. Tomar la guitarra y soñar con ser la nueva Janis Joplin. Procurar que nadie, en tu casa, se entere de cosa semejante.

Cinco. Fascinarse con la televisión basura. Ver CopsBailando por un sueño y las experiencias paranormales del canal Infinito. Ver programas del corazón. Escuchar los problemas de cama y celos de gente ordinaria. En algún momento, pronunciar la frase: “Ella tiene razón”.

Seis. Viajar a Montevideo y caminar por la Rambla. Sentir el ruido del viento y del agua y no saber qué ruido pertenece a qué cosa. Mirar el mar. Llorar por nada en especial: por solidaridad con el mar.

Siete. Ir a una tienda grande y probarse vestidos de fiesta. Mirar los precintos de seguridad. Fantasear con robar todo. Luego recapacitar. Entender que ya no vas a fiestas. Comprar dos remeras y pensar en la palabra “oportunidad”.

Ocho. Criticar a alguien por teléfono mientras se lava un plato, se hace una cama o se lleva a cabo cualquier otra acción vinculada al tedio. Compadecerse de las vidas de los otros.

Nueve. Hablar con tu abuela. Empezar con temas de salud y terminar hablando de delincuencia juvenil. Decirle que sí a todo. No pensar en su muerte. No pensar en la muerte de nadie querido, nunca.

Diez. Hacer un asado e invitar –entre tantos– a una persona sociable y otra sobreinformada. Pasar la noche tomando vino; dejar que los dos invitados entretengan al resto. Luego hacer el amor con tu pareja y dormir. No dejar que las palabras interrumpan el sueño, ni ninguna otra cosa.


CONSEJERÍA LETRADA 28




Tony Gilroy, uno de los guinistas más cotizados en Hollywood, autor de de “Armaqgeddon” (1998), “El abogado del diablo”(1997) y otras, nominado a un Oscar por mejor historia original.
La BBC le preguntó cuáles son las claves para escribir un éxito de taquilla a la medida de la Meca de la industria del cine. Y estos son sus diez consejos.

1. Consuma cine
No creo que haya mucho por aprender en cursos o libros. Uno ha ido al cine desde pequeño, se ha llenado la vida con narrativas... y con comida. Es algo que ya está metido en lo profundo del ser.
Ir al cine, tener algo que decir, tener imaginación y tener la ambición de hacerlo es realmente todo lo que se necesita. Uno puede aprender todo lo demás.

2. Invente historias, pero que sean reales
Esta es una labor imaginativa: los guionistas nos inventamos cosas. Todo lo que tengo en mi vida es el resultado de haberme inventado muchas cosas.
Pero hay algo que es indispensable comprender bien y que realmente marca la diferencia: la conducta humana.
La calidad de la escritura estará directamente relacionada a la comprensión de la conducta humana. Uno tiene que volverse un periodista para la película que está intentando construir en tu cabeza. Hay que investigar, hacer reportajes... cada escena tiene que ser real.

3. Comience con una idea modesta
Las grandes ideas no funcionan. Más bien, comience con una idea pequeña que pueda ir expandiendo.
Con (la saga de películas) Bourne, yo nunca leí los libros (una trilogía de Robert Ludlum), sino que preferí empezar de cero.
La premisa simple que tomamos para (el personaje) Jason Bourne era la de "si yo no sé quién soy y no sé de dónde vengo, quizás puedo definirme a mí mismo a través de lo que sé hacer". Construimos todo un universo a partir de esa pequeña idea.
Comienza modestamente, se va construyendo, dando un paso a la vez. Así es como se escribe una película de Hollywood.

4. Aprenda a convivir con su ingenio
Mi padre era guionista, pero no hay una especie de gen bohemio y creativo en la familia. Aprendí de observar cuán duro le tocaba trabajar y entendí el "tempo" que rige la vida de un escritor: tienes que vivir de acuerdo a tus momentos de inspiración.
Si vives con alguien que también ajusta sus rutinas a su ingenio, parece algo normal. Uno aprende a no asustarse ni quejarse si comprende los propios ritmos creativos.

5. Escriba para TVCada vez es más difícil hacer buenas películas. Pero en las producciones de televisión se encuentra la ambigüedad y los grises de la realidad, es donde ahora las historias pueden ser interesantes.
Muchos guionistas están muy entusiasmados con la televisión últimamente y es un negocio controlado por los escritores. Cuando los guionistas están a cargo, siempre pasan cosas buenas. Son más racionales, trabajan más duro... son más benévolos, también.
Cada vez que los escritores han estado a cargo del entretenimiento, el negocio ha funcionado. Quizás ahora veremos como la TV se convierte en una utopía manejada por guionistas.

6. Aprenda a escribir en cualquier lugar, en todo momento
Tengo una oficina en mi casa, pero he escrito en miles de habitaciones de hotel. Y puedo escribir en cualquier parte.
Si me está yendo bien con lo que estoy escribiendo, no quiero parar. Ahora que soy más viejo y más sabio, no me detengo si la escritura está fluyendo. Llamo a casa, digo que no llego a cenar y sigo. Más que nada en el mundo deseo seguir teniendo ganas de ir a mi escritorio, no tener miedo de ir a trabajar.

7. Consiga un empleo
Pasé seis años trabajando en un bar mientras trataba de entender cómo escribir guiones. Si quiere escribir, si es joven y nadie la conoce, búsquese un trabajo que pague la cantidad más alta de dinero por la menor cantidad de horas posible, para que le quede la mayor parte del día libre para escribir.
Trate de vivir en algún sitio donde tenga acceso a conexiones culturales y donde pueda ver tantas películas como haya en cartelera y conocer a tanta gente como sea posible. Y trate de encontrar un lugar donde pueda simplemente escribir y escribir y escribir.

8. Viva la vidaSi no tiene nada que decir y no ha hecho nada más que ver un puñado de películas, ¿de qué va a escribir? Sólo se puede contar aquello que se conoce.
Interésese por una variedad de cosas y temas y personas, y manténgase interesado. Mi conocimiento es muy amplio, aunque increíblemente superficial, porque no hace falta más.
Suele ser mucho más interesante una historia escrita por un periodista o un policía o un banquero que una de alguien que ha estudiado cine durante veinte años.
Hay excepciones, por supuesto. Pero casi siempre se cumple eso de que si no tiene nada para decir, ¿para qué está aquí?

9. No se mude a Los Ángeles
No creo que exista una razón de peso para vivir en Los Ángeles (centro de la actividad de la industria del cine estadounidense).
Creo que L.A. de hecho es muy mal lugar donde alimentar la mente. En Los Ángeles uno está en el auto encerrado la mayor parte del tiempo y rodeado de gente deprimente.
No creo que Hollywood sea un buen entorno para un escritor joven, no lo ayudará a sentir ningún tipo de emociones.

10. Resista y siga adelante
En mi carrera he ocupado las dos posiciones del "Kama sutra de Hollywood": arriba y abajo. Es importante aprender a manejar las caídas y el rechazo. Creo que una de las razones por la que los guionistas son tímidos es porque todos sospechamos de nuestro propio proceso ya que falla con frecuencia.
No difiere en nada de lo que le ocurre a los novelistas o los compositores o los pintores. Cuando el mundo exterior te rechaza, uno decide si lo supera o se deja vencer. Pero creo que los días más duros son aquellos en los que no pasa nada. Todos los que alguna vez han intentado escribir saben de qué hablo.
Lo bueno es que no hay nada que después no se cure con un día bueno de escritura.


domingo, 23 de agosto de 2015

CONSEJERÍA LETRADA 27


palabras de MARCELO VIÑAR 
MIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA INTERNACIONAL.


Vivir en función del terror que se vivió impide vivir. Yo recurro a Jorge Semprún: “Una parte de uno queda siempre en el Campo de Concentración”, pero se sigue… Se divide interiormente y en otra parte de uno, uno tiene que seguir viviendo, amando, trabajando, creyendo y, de vez en cuando, visita sus recuerdos de dolor. Pero se debe  impedir que esos recuerdos de dolor ahoguen y sofoquen la felicidad del presente y del futuro. La diferencia entre el duelo y la melancolía, decía Freud, es la duración. El duelo tiene un tiempo de cierre, la melancolía es la perpetuidad. El dolor tiene que ser una experiencia destinada a concluir. Lo escatológico es transformar la queja en interminable.
COSEJERIA LETRADA 26





Reflexiones y consejos de Borges sobre la escritura

Recolectadas en un período de siete tardes en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, estas conversaciones revelan sus opiniones y convicciones acerca del mundo y el destino literario.
No hay mucho que quede por decir de Borges; su legado resuena nítido en la imaginación de sus lectores. Pero alguna vez en 1972, cuando tenía ya setenta años y estaba completamente ciego, un joven literato llamado Fernando Sorrentino lo entrevistó durante siete tardes en una habitación recluida de la Biblioteca Nacional y grabó sus conversaciones. Aquí Borges dejó sus opiniones acerca de los más diversos temas que iban desde política, autores específicos, guerras, historia y, por supuesto, literatura. El libro se publicó dos años después bajo el título Siete conversaciones con Jorge Luis Borges.
Los siguientes son algunos fragmentos recolectados de diversos fragmentos incluidos en las siete entrevistas, que hablan sobre la escritura y el mundo literario. El Borges que habla aquí es un hombre sabio y modesto, de quien se puede extraer franca riqueza no sólo para la escritura, sino para la vida misma.

Sobre el destino literario:
Antes de haber escrito una línea, yo sabía, de un modo misterioso y, por eso mismo, indudable, que mi destino era literario. Lo que yo no supe al principio es que, además del destino de lector —que no me parece menos importante que el otro— tendría también el destino de escritor.

Sobre la escritura contemporánea:
Porque creo que un escritor no debe intentar nunca un tema contemporáneo, ni una topografía muy estricta. Porque inmediatamente van a descubrir errores. O, si no los descubren, van a buscarlos, y, buscándolos, los encontrarán. [...] De modo que creo que conviene cierta lejanía en el tiempo y en el espacio. Además, creo que la idea de que la literatura trate de temas contemporáneos es relativamente nueva. Si no me engaño, la Ilíada se habrá escrito dos o tres siglos después de la caída de Troya. Creo que la libertad de la imaginación exige que busquemos temas lejanos en el tiempo o en el espacio, o si no, como están haciendo los que escriben ficción científica ahora, en otros planetas. Porque si no, estamos un poco trabados por la realidad y la literatura se parece ya demasiado al periodismo.

Sobre la literatura psicológica:
Desde luego creo en la literatura psicológica, y creo que toda literatura en el fondo lo es. Los hechos son facetas o modos para mostrar un personaje. [...] Me parece que la literatura debe ser psicológica y debe ser imaginativa.

Sobre el cuento corto:
Creo que cada año uno oye cuatro o cinco anécdotas muy buenas, precisamente porque han sido trabajadas. Porque es un error suponer que el hecho de que sean anónimas signifique que no hayan sido trabajadas. Al contrario: creo que los cuentos de hadas, las leyendas, incluso los cuentos verdes que uno oye, suelen ser buenos porque, a medida que han pasado de boca en boca, se los ha despojado de todo lo que pudiera ser inútil o molesto. De modo que podríamos decir que un cuento popular es una obra mucho más trabajada que un poema de Donne o de Góngora o de Lugones, por ejemplo, puesto que, en el segundo caso, la obra ha sido trabajada por una sola persona, y, en el primero, por centenares.

Sobre el éxito del escritor:
Yo recuerdo que, cuando empecé a escribir, nunca pensábamos en el éxito o en el fracaso de un libro. Lo que se llama éxito ahora, no existía entonces. Y lo que se llama fracaso, se descontaba. Uno escribía para uno mismo, y, acaso, como decía Stevenson, para un pequeño grupo de amigos. En cambio, ahora se piensa en la venta, sé que hay escritores que anuncian públicamente que han llegado a la quinta, a la sexta o a la séptima edición, y que han ganado tanto: todo eso hubiera parecido totalmente ridículo cuando yo era joven. O, mejor dicho, más que ridículo hubiera parecido increíble. Se hubiera pensado que un escritor que habla de lo que gana con sus libros, lo hace como diciendo: “Yo sé que lo que yo escribo es malo, pero lo hago por razones comerciales, o porque tengo que mantener a mi familia”. De modo que yo veo esa actitud casi como una forma de la modestia. O de la mera tontería.

Sobre Shakespeare:
Fuera de Macbeth y de Hamlet, [mi recuerdo] corresponde más bien a memorias verbales que a memorias de situaciones o de personajes. [...] Pienso en Shakespeare sobre todo como un artífice verbal. Lo veo más cerca, por ejemplo, de Joyce que de los grandes novelistas, donde lo más importante son los personajes. Por eso descreo de las traducciones de Shakespeare, porque, como lo esencial y lo más precioso de él es lo verbal, pienso hasta qué punto lo verbal puede ser traducido.

Sobre la métrica:
Me resulta más difícil escribir versos libres. Porque si no hay una especie de ímpetu interior, no pueden hacerse. En cambio, la métrica regular es una cuestión de cierta paciencia, de aplicación... Una vez que usted ha escrito un verso, eso lo obliga a ciertas rimas, el número de rimas no es infinito, las rimas que pueden usarse sin incongruencia son pocas... Es decir, cuando yo tengo que fabricar algo, fabrico un soneto, pero no podría fabricar un poema en verso libre.

Sobre el género de la novela (en la misma entrevista, Borges dijo que este género estaba destinado a desaparecer)
No, nunca pensé en escribir novelas. Yo creo que si yo empezara a escribir una novela, yo me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin. Posiblemente esto sea una invención de mi haraganería. Pero creo que Conrad y Kipling han demostrado que un cuento corto -—no demasiado corto—, lo que podríamos llamar long short story, puede contener todo lo que contiene una novela, con menos fatiga para el lector.
La ventaja esencial que le veo es que el cuento puede ser abarcado de un solo vistazo. En cambio, en la novela se nota más lo sucesivo. Y luego está el hecho de que una obra de trescientas páginas no puede prescindir de ripios, de páginas que sean meros nexos entre una parte y otra. En cambio, en un cuento, todo puede ser esencial, o más o menos esencial, o —digamos— puede parecerse más a lo esencial. Creo que hay cuentos de Kipling que son tan densos como una novela, o de Conrad, también. Es verdad que no son demasiado cortos.

Sobre la haraganería del escritor:
Es que la obra de un escritor está hecha de haraganerías. El trabajo esencial del escritor consiste en distraerse, en pensar en otra cosa, en fantasear, en no apresurarse para dormir, sino imaginar algo... Y luego viene la ejecución, que ya es el oficio. Es decir, no creo que sean incompatibles las dos cosas. Además, creo que cuando uno está escribiendo algo más o menos bueno, uno no lo siente como una tarea, lo siente como una distracción. Una distracción que no excluye la inteligencia, como tampoco la excluye el ajedrez, que me agrada mucho y que me gustaría saber jugar —siempre he sido un mal ajedrecista.

Sobre la publicación:
La imagen que yo dejaré cuando me haya muerto —que ya dijimos que eso es parte de la obra de un poeta, y, quizá, la más importante—, no sé exactamente cuál será, no sé si me verán con indulgencia, con indiferencia o con hostilidad. Desde luego, eso me importa muy poco ahora: lo que sí me importa no es lo que he escrito sino lo que estoy escribiendo y lo que voy a escribir. Y creo que eso le ocurre a todo escritor. Dijo Alfonso Reyes que uno publicaba lo que había escrito para no pasarse la vida corrigiéndolo: uno publica un libro para dejarlo atrás, uno publica un libro para olvidarlo.

Consejos a escritores jóvenes:
Yo le aconsejaría a ese joven imaginario que estudiara los clásicos; que no tratara de ser moderno, porque ya lo es; que no tratara de ser un hombre de otra época, de ser un clásico, porque, indudablemente, no puede serlo, ya que irreparablemente es un joven del siglo XX. Y luego, al cabo de un tiempo, le aconsejaría también el estudio de los clásicos de nuestra lengua.